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Contamos la Historia, los Misterios y las Leyendas de la Maravillosa Ciudad que ostenta los Títulos de "Muy Noble, Muy Leal, Muy Heroica, Invicta y Mariana Ciudad de Sevilla"

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7 de agosto de 2011

Itimad (la Romayquía)

Existen dos versiones predominantes para describir esta leyanda, la popular sevillana y la recogida en “El conde Lucanor”, de Don Juan Manuel. Curiosamente, en la versión de Don Juan Manuel se castiga al personaje femenino tratándola de caprichosa y desagradecida, mientras que el recuerdo popular que se guarda en Sevilla de Itimad es otro completamente distinto, el de una mujer poeta, feminista, artista, un espíritu meláncolico y libre de ataduras sociales.

En los tiempos en los que la Península Ibérica era un rompecabezas de reinos cristianos y de taifas musulmanas, reinaba en la ciudad de Sevilla, Almutamid, el rey-poeta de la dinastía abadí. Almutamid ha pasado a la historia y a la leyenda no como estadista ni estratega, sino como apasionado de las artes, sobre todo de las letras, y como enamorado fiel y generoso de una esclava bereber llamada Itimad, conocida en su barrio de Triana como “la Romayquía”...


El rey Almutamid era aficionado a largos paseos al ocaso por la orilla del río Guadalquivir en los que solía ir acompañado de su amigo y consejero Ben Amar. En estas ocasiones de ocio a Almutamid le gustaba mucho caminar despacio y detenerse de trecho en trecho para conversar y, cómo no, para jugar a improvisar versos y a completar estrofas y rimas, pues sabía que tenía cierta ventaja sobre su amigo, a quien no se le daba tan bien improvisar poemas. Pero el rey insistía. Cierta tarde, a Almutamid le llamó la atención el bello efecto que producía la luz del sol de poniente sobre el agua del río, que parecía una cota de malla trenzada con hilos de oro, rizada por la brisa. Almutamid no se resistió a versificar el tema y propuso estos versos:


La brisa convierte el río
en una cota de malla…

Se suponía que Ben Amar tenía que completar la estrofa en forma de redondilla, pero se quedó en blanco y no arrancaba. Ya se le escapaba a Almutamid la sonrisa ganadora, cuando a sus espaldas oyó una voz de mujer dulce y bien timbrada que decía:

La brisa convierte el río
en una cota de malla,
mejor cota no se halla
como la congele el frío.


Boquiabiertos, los dos amigos se volvieron para ver quién había completado la estrofa con tanta gracia e inspiración, y vieron a una graciosa jovencita descalza que llevaba un borriquito moruno del ronzal. Y poco más vieron, pues apartándose de ellos, en seguida se encaminó salerosa hacia Triana por el Puente de Barcas.

El rey le encargó a Ben Amar que fuera tras ella y averiguara de quién se trataba y a quién pertenecía, pues parecía una esclava. Y en efecto lo era. La llamaron a palacio y así el rey supo que se llamaba Itimad y que la llamaban “la Romayquía” por pertenecer a un alfarero llamado Romaicq. Era trianera y trabajaba haciendo ladrillos y tejas en el horno de este mercader.


Pidió el rey a Romaicq que le vendiese la esclava, a lo que el mercader repuso que se la regalaría gustoso, pues era una esclava perezosa en el trabajo, que se pasaba el día fantaseando. Y para asombro de la corte y de toda Sevilla, el rey que hasta entonces solamente había mostrado interés por los estudios, los versos, los caballos corredores y las bellas armas, parecía haber perdido ahora la cabeza por una mujer. Ya era hora, se decía. Más sorprendente aun fue el hecho de que Almutamid no quisiera a Itimad como capricho o pasatiempo para su harén, sino que se casó con ella a los pocos días, convirtiéndola en reina de los sevillanos. Fue su única esposa y su amor duró toda la vida de ambos, sobreviviendo a los buenos y a los malos tiempos.

Como reina Itimad fue tan prudente y graciosa, que se hizo perdonar su origen humilde. Poseía además un talento literario natural que fue respetado en aquella corte de poetas, así como avanzadas ideas feministas que no fueron siempre del agrado de los ulemas. Así por ejemplo, permitió que las mujeres sevillanas se quitasen el velo del rostro, en contra de lo que prescribía la religión islámica.

Sin embargo, a pesar de sus notables logros, Itimad no era completamente feliz como reina, pues extrañaba la libertad de su infancia en Triana, cuando corría por los campos y deambulaba por los mercados. En cierta ocasión, el rey descubrió a su esposa llorando frente a la ventana de sus aposentos. Almutamid quiso saber cuál era el motivo de su llanto, e Itimad le contestó que ya no podía hacer lo que quería, ni siquiera pisar el barro para hacer adobes, como aquella humilde mujer descalza que estaba junto al río. Y habiendo escuchado atentamente sus lamentos, al cabo de una semana el rey despertó a Itimad diciéndole que ya podía bajar al patio, donde encontraría aquello que más deseaba. En efecto, el patio del Alcázar estaba cubierto de una espesa capa de barro muy parecido al que cuando ella era niña había pisado en Triana. Pero cuando Itimad metió los pies en el barro, llena de emoción, comprobó que estaba amasado con las más exquisitas especias y perfumes del reino, como azúcar, canela, espliego, clavo, almizcle, ámbar y algalia. Y allí estuvo Itimad jugando con sus doncellas un buen rato, amasando con los pies el perfumado barro, y riendo entre alegres y estrepitosas risas.

No obstante, la melancolía siguió apoderándose de Itimad, sobre todo cuando la corte se trasladó a Córdoba tras haber conquistado Almutamid esta taifa. Un día se percató de nuevo el rey de la tristeza de su mujer y le preguntó si sería esta vez capaz de devolverle la risa a sus ojos. Itimad le respondió que había deseos que ni con todo su oro podría él satisfacer. Lo que anhelaba era algo muy sencillo pero complicado en la cálida Córdoba, ver algo que nunca antes había visto, una tierra nevada. “Esto es imposible de solucionar”, pensó Almutamid, “pues en la Península no hay nieve, si no es en el Norte que es tierra de cristianos, o en Granada que es tierra de Almudafar, con quien tengo firmadas las paces y al que no me conviene molestar por un capricho”.

Continuó pues Itimad con su nostalgia, y Almutamid no volvió a hablar del asunto. Pasado un tiempo, una mañana de febrero, cuando Itimad se despertó y se asomó al ajimez de su gabinete, no daba crédito a lo que veían sus ojos, pues todo el campo de Córdoba estaba cubierto por un terso manto de nieve. “¡Ha nevado! ¡Ha nevado!”, iba gritando Itimad por los pasillos de palacio con una alegría desbordante. Mientras Almutamid sonreía satisfecho, pues su esposa no había descubierto su amorosa superchería. En realidad había hecho traer de la vega de Málaga en caravanas de carros más de un millón de almendros que mandó plantar en la sierra cordobesa, frente a los ventanales del Alcázar Viejo. Y ahora a finales del invierno, al llegar la época de la floración, el campo cubierto de almendros floridos aparecía blanco, como si hubiera nevado copiosamente.

Años después, sin embargo, la adversidad se ensañó con el destino de Almutamid y su reino, que quedó acorralado entre las ansias expansionistas del rey Alfonso VI, por un lado, y las del emir Yusuf, por otro. Almutamid abrió las puertas de Sevilla a Yusuf, pues pensó que al menos compartían el mismo dios. Pero Yusuf había recibido en secreto el encargo por parte de los ulemas de prender a Almutamid y desterrarlo a Marruecos por ser un sultán impío que se había casado con una sola mujer, a la que permitía extravagancias feministas y artísticas. Era también la hora de Itimad de dar pruebas de amor hacia su marido, quien en tantas ocasiones la había hecho tan feliz. Y así lo acompañó en el destierro sin pensarlo dos veces. De nuevo volvió a vivir en la miseria como cuando era la Romayquía de Triana, y para ganarse la vida, mientras su marido estaba en prisión, hilaba y tejía sin descanso. Ahora sabía que en el amor había que estar a las duras y a las maduras, y que la fortuna era aun más caprichosa que ella misma.

I nvisible a mis ojos, siempre estás presente en mi corazón.
T u felicidad sea infinita, como mis cuidados, mis lágrimas y mis insomnios.
I mpaciente al yugo, si otras mujeres tratan de imponérmelo, me someto con docilidad a tus deseos más insignificantes.
M i anhelo, en cada momento, es tenerte a mi lado: ¡Ojalá pueda conseguirlo pronto!.
A miga de mi corazón, piensa en mí y no me olvides aunque mi ausencia se larga.
D ulce es tu nombre. Acabo de escribirle, acabo de trazar estas amadas letras


Fuente: http://blogs.educared.org

antoniocamel©2011

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